¿Quieres proteger a tus hijos de los posibles efectos dañinos de una separación? : ¡Pon el foco en los niños!

marzo 19, 2020
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Cuando trabajamos con las personas que vienen con nosotros a asesoría constatamos, una y otra vez, que una de las principales preocupaciones y motivaciones para intentar cerrar ciclos de manera sana con su ex, es proteger a sus hijos.

Esto no resulta nada de fácil, pues como ya hemos hablado, el proceso de separarse es duro y nos mueve desde lo más profundo de nuestra heridas y estilos de resolución de problemas posicionándonos, si no se vive con conciencia y se hace un trabajo, en un funcionamiento ligado a la crisis. Usando metáforas, podemos pensar en ellos como uno o una mezcla de los siguientes: 

  • “Gladiador” (luchar hasta que el otro muera)
  • “Cirujano” (distanciarse de las emociones para zanjar el tema desde lo práctico y racional) 
  • “Justiciero” (héroe vengador que no deja pasar ni la más mínima injusticia) 
  • “Forrest gump” (huir corriendo lo más lejos posible de todas las conversaciones difíciles o situaciones complicadas) 
  • “Víctima” (ceder constantemente al otro, sentirse sin poder pero al mismo tiempo afectado y maltratado) 
  • “Puching ball” (someterse y aguantar el maltrato como una opción, esperando que esto apacigue los ánimos). 

En Divorcio Sano sabemos que ninguno de estos roles ayuda a proteger a los niños, pues deja a las personas atrapados en la relación con la ex pareja. Desde estos roles no hay posibilidad de pensar en los hijos. Es 1 contra 1. Y muchas veces en nuestro trabajo como equipo de abogados de familia, psicólogos y asesores financieros, llegamos a puntos álgidos de tensión en el trabajo con nuestros clientes cuando les recordamos la importancia de salir de éstos. 

¿Y por qué hacerlo? Pues es lo que se requiere si lo que nos mueve es proteger a nuestros hijos. Para ello se debe decidir centrar la atención y las emociones en los niños. Tratar de mirar los acuerdos con el ex y la relación, en base a SUS necesidades y emociones. Se trata de un llamado a la nobleza interior, en pos del bienestar de los más pequeños y vulnerables. Y para ello se debe poner límite a nuestro sentir. Es decir, dejar de decidir solo en base a cómo YO me siento, y mirar lo que los niños necesitan.

Esto nos invita entonces, nuevamente desde la metáfora, a posicionarnos desde un funcionamiento con inteligencia emocional como un “viejo sabio”. Y en lo práctico, significa algunas de las siguientes:

  1. Reconocer que, sobretodo en el comienzo de la separación o cuando las separaciones son conflictivas, resulta muy difícil llegar a acuerdos. Y que, como nos dijo hace poco una de nuestras clientes “vivimos en universos paralelos, en los que cada uno está convencido de que su posición es la única correcta”. 
  2. Que la pregunta por cuánto tiempo se quedan mis hijos con cada uno de los padres, cuánta plata necesitan, etc. debe ser decidido en base a : cuántos años tienen (psicológicamente es importante lo que pasa en cada etapa del desarrollo), estado emocional actual (si está con síntomas o en crisis, por ejemplo, no es momento para cambios en rutinas), relación histórica con cada uno de los padres, capacidad de los padres de proveer un entorno predecible y tranquilo para los hijos, distancias a recorrer, actividades que realizan, cuánto cuestan en lo concreto su vida, entre otros. 
  3. Soltar y flexibilizar en “detalles”. Y lo ponemos entre comillas, pues sabemos que son aspectos significativos, pero posiblemente al ponerlo en la balanza con “proteger a los hijos de una eterna pelea sin resolver” se matizan en su peso. Por ejemplo, lo hemos visto reflejado en eternas discusiones por el monto final de las necesidades económicas de los hijos. Pero que, cuando se miran, con detalle implican más bien diferencias pequeñas en los montos. O cuando en casos de tipo de régimen de cuidado personal, se pelea por media hora más o media hora menos en una rutina. 
  4. Que existen aspectos centrales del cuidado del hijo que no se deben posponer: protección de la violencia y malos tratos, hacia ellos o como testigos de violencia intrafamiliar.
  5. Recordar que, si el otro padre “está mal”, esto también afectará a los hijos. Esto vale en cuanto a estado emocional, pero también en lo económico. Por ejemplo, los niños se preocupan de que haya un padre que no tenga dinero para tener su propia casa, o para comer bien. Y eso, no porque alguien se los diga, sino que porque muchas veces ellos mismos desde el cariño se preocupan. 
  6. Saber que, aunque mi contraparte no siga ninguna de estas recomendaciones y solo pelee y arme conflicto, esto ya es protector para los niños. Que solo puedo poner energía en controlar mi conducta y no la de otro. 
  7. Que en una separación las cosas cambian y esto duele: menos tiempo con los hijos, menos plata para los mismos gastos, cambios de casa, menos tiempo personal, más demanda emocional, nuevas parejas del ex en la vida de los hijos, ente otros. Pero que si esto nos sobrepasa, en mayor medida lo hace con los hijos, y que, lo único que los puede proteger es al menos un adulto que sea el que él o ella necesitan. 
  8. Que existen casos en los que los adultos necesitan ayuda profesional para manejar sus emociones. Psiquiatras y psicoterapeutas a los que se debe pedir ayuda. No basta con la “buena” voluntad. Nuestras emociones son bioquímica también. 
  9. Que los niños también necesitan sus tiempos para proceso la separación y los cambios, y que estos NO necesariamente (y casi nunca) coinciden con los de los padres.
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